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Al momento en que estoy escribiendo esto, todavía no sé ni cómo empezar a explicarlo. Quise hacer el típico formato de «Pregunten lo que quieran», pero siento que ni eso le hace justicia o da suficiente espacio a la experiencia que viví. De igual forma, si quieren preguntarme, responderé cualquier duda que tengan. No es necesario que leas todo de golpe; si quieres preguntar algo de una vez, adelante.
Por lo mientras, me presento.
Hola, mi nombre no lo puedo decir, pero me pueden llamar «SKA».
Desde hace ya varios años me dedico a producir Salvia Divinorum (Ska María Pastora) para venderla, pero jamás la había probado sino hasta hace muy poco. La verdad, nunca me ha llamado la atención el consumo recreativo de drogas porque siento que no llevan a mucho. Consumo recurrentemente alcohol, tabaco y cannabis, pero nunca me había armado de valor para probar el producto que yo mismo cosechaba y procesaba.
En 2018 conocí a la Ska María Pastora, la famosa planta endémica de México. Vivo cerca de los montes de Oaxaca, donde el ambiente, la humedad, el sol y la tierra son perfectos para su desarrollo. Sabía que se fumaba, pero mi único interés inicial era venderla porque no tenía dinero.
Para 2020 empecé a comercializarla de manera «real»: desde ese momento vendía alrededor de 10 kilos de hojas cada 2 o 3 meses. La forma de extraer la salvinorina me resulta bastante sencilla. Vendo bolsas de 1 a 10 gramos de esta planta. Para conocimiento común, un «X» representa la cantidad de veces que la potencia de una sola hoja se ve concentrada en otra. Es decir, si extraigo la salvinorina de 10 hojas y vierto ese extracto en hojas secas sin extraer, esa mezcla sería un «10X» (10 veces la potencia de la hoja en una sola).
Lo mínimo que produzco es 5X, que es lo básico para poder colocarse. Según me habían dicho, eso solo causa una pequeña confusión y efectos similares a los del LSD durante la primera hora, pero sin ser intensos y con una aparición muy breve (de 5 a 10 minutos por mucho).
Ya conocía esa teoría, pero yo quería vivir una verdadera experiencia. Un amigo me recomendó probar una dosis alta, pero exageradamente alta, de una potencia que ni yo mismo fabricaba: «Atrévete a hacer un extracto 100X o 200X. Vivirás lo que es morir y reencarnar». No le hice caso del todo; extraerla, aunque es sencillo, requiere esfuerzo y tiempo para hacerlo bien sin envenenar al consumidor. Sin embargo, la idea de probar algo fuerte me llamaba mucho la atención.
Como referencia, los viajes intensos comienzan de 20X para arriba. Yo terminé preparando algo similar a 38X (38 veces el poder de una hoja concentrado en lo equivalente a una pizca de sal). No sabría darles medidas exactas porque simplemente repetí el proceso con la bolsa de hojas que tenía: lo último que recordé fue usar unas 50 hojas, de las cuales aparté muy pocas para hacer extractos comerciales de 5X a 15X.
Me tomó 3 semanas completar el proceso. Cuando estuvo listo, contemplé mi obra maestra: 2 gramos de hojas secas que, por más secas que estuvieran, conservaban un color verde oscuro, similar al verde pantano. Rápidamente fui a un mercado cerca de mi casa y compré la primera pipa que me vendieron, una con capacidad para 1 gramo de contenido. Suficiente para mí.
Llegué a mi casa y me relajé, porque sinceramente tenía demasiados nervios. Había invitado a un amigo para que me cuidara en caso de que me malviajara. Me senté, metí la salvia en la pipa y, con un encendedor común, prendí el primer toque.
Un humo denso recorrió mi garganta. Al expulsarlo, fue como si hubiera fumado madera; olía a madera quemada y la ceniza se veía blanca, como cualquier hoja normal quemándose. Pero al primer segundo vi cómo mi realidad «se fragmentaba», como si fuera en gajos de mandarina. No podía mover mi cabeza libremente: solo podía moverla en el eje X y en el eje Y, nada de diagonales. Sentía algo muy chistoso. En mi mente recorrían pensamientos normales, pero al intentar hablar, mis palabras no coincidían con lo que pensaba.
Mi amigo se empezó a reír de mí. En eso llegó otro compa. Para esto, estábamos en un segundo piso y este último pasó por detrás de mi amigo subiendo por la escalera. Lo raro empezó cuando vi que mis dos amigos se fusionaban y se separaban como si fueran gotas de agua. Veía cómo se multiplicaban, cómo ambos se convertían en el mismo sujeto y luego se separaban en sus respectivas identidades. Todo normal; yo me reía, pero seguía sin poder hilvanar las palabras.
Me intenté acostar y empecé a sentir que mi cuerpo caía infinitamente. Yo sabía racionalmente que no me estaba moviendo, pero no podía sentarme porque el peso de mi cuerpo era tal que de verdad sentía una caída libre. Justo en ese momento vi cómo el cuarto —ojo, solo el cuarto— empezaba a dar vueltas hacia la izquierda. Veía las luces LED rojas de la habitación girando como si fuera un juego de feria, pero, para mi sorpresa, la cama y el piso seguían estáticos: solo se movían las paredes y el techo.
Después de lo que sentí que fueron unos 10 minutos, se me pasó el efecto.
—¿Fue todo? ¿No viste nada? —me preguntó mi amigo.
—No, no sentí nada más —le respondí.
No había fumado tanto ni había hecho el consumo de forma correcta. Para los que desconocen el tema, la salvia se debe fumar preferiblemente con un encendedor tipo soplete. Así, la salvinorina se evapora a la temperatura adecuada y entra a tu cuerpo. Con un encendedor normal, solo una pequeña fracción se activa. Por eso, con los dos toques que me di y la poca salvia que realmente absorbí, no experimenté más que un viaje alucinógeno leve de unos pocos minutos.
Me quedé con ganas de más.
Al día siguiente fui al mismo lugar y compré un encendedor tipo soplete, perfecto y robusto. Llegué a mi casa, donde me esperaban otros amigos a los que había invitado a fumar hierba. Les comenté lo de la salvia: uno me dijo que no اندuviera con mamadas, mientras que al otro le pareció genial y examinó la bolsa con admiración.
Ellos empezaron con lo suyo y yo me dispuse a fumar lo mío. Dije: «esta vez va en serio».
Le di un buen jalón y dejé salir el humo; después otro jalón, y así unas 3 o 4 veces. Cuando iba por la quinta quemada, de repente...
Mi realidad se volvió a distorsionar, pero esta vez fue brutal. Fue como si el plano —refiriéndome al horizonte de mi visión— se doblase hacia abajo y a la izquierda unos 20 grados. Así de preciso recuerdo haber visto cómo mi visión se nublaba con un efecto de viñeta, sombras muy marcadas y un brillo incandescente, pero con toda la realidad torcida. Mi ojo no se había movido en absoluto, pero yo veía el mundo casi al revés.
De un momento a otro, sentí los rayos del sol impactando directamente mis párpados cerrados, iluminando mi visión con esa típica luz amarilla y naranja que se forma cuando te da el sol de frente con los ojos cerrados. Sin embargo, en ese preciso instante empecé a sentir lo peor del viaje.
De la nada me sentí atado de manos y piernas, desesperado por querer regresar. Aquí cometí mi segundo o tercer error: intentar luchar contra la salvia. No me sentía seguro antes de fumar, no me encontraba con gente de total confianza y, para colmo, me acomodé en un rincón del patio donde todo estaba lleno de cosas puntiagudas, piedras y tierra.
Empecé a patalear intentando quitarme de encima cualquier cosa que me estuviera sujetando las extremidades. Sentía que caía, pero ya no era una caída suave o accidental: era una caída rápida, una caída libre impulsada por una fuerza enorme que me empujaba hacia abajo. Veía todo mi plano visual girar nuevamente como una rueda hacia el mismo lado; era como si me encontrara atrapado en una rueda 2D futurista de color naranja que solo daba vueltas sin parar.
Fue en ese instante cuando vi cómo empezaba a caer desde el purgatorio hasta el mismo infierno. Kilómetros y kilómetros cayendo hasta llegar a un lugar horrendo, deprimente y grotesco. Se parecía a un campo de batalla en guerra, pero el triple de sangriento: millones de cuerpos putrefactos ardiendo de las maneras más desgarradoras posibles y explotando con trillones de larvas. Veía gente comiendo ojos podridos.
Trataba de hablar, pero no podía comunicarme con nadie. Era una especie de Corea del Norte en cuanto a población y doctrina absoluta, envuelta en múltiples ruidos intensos y agobiantes que se repetían en un bucle sin fin: gritos, sonidos agudos y un ruido similar a la lluvia pero completamente distorsionado. Incluso percibía olores reales, como a sulfuro y a materia en descomposición.
He hallado varios paralelismos entre esto y la canción Es épico de Canserbero, pero vivirlo se sentía a años luz de solo verlo en un video o escucharlo. Lo que describía Canserbero era un cuento de niños comparado con la pesadilla en la que me hallaba. No veía con claridad; simplemente era un montículo prácticamente infinito de colores extraños que deformaba cualquier cosa que te pudieras imaginar de la peor manera posible.
No lo describiría exactamente como el infierno teológico tradicional, porque no veía almas en pena vagando por sus pecados: veía seres aparentemente vivos moviéndose en una danza casi coordinada y sin fin. La palabra que mejor lo describe es agobiante. Un ciclo eterno sin un patrón identificable. Por más que intentara aferrarme a algo, seguía sintiendo esa fuerza que me hacía caer y «volar» sin control hacia cualquier parte, como si saliera disparado en todas direcciones.
De pronto, sentí un inmenso dolor en todo el cuerpo, sobre todo en el pecho. Pero ese dolor duró prácticamente nada porque (aunque suene raro) sentí cómo mi cuerpo se fragmentó en pequeños pedazos, en grietas corporales. Entre esas grietas empezó a circular un líquido amarillo que solo sé describir como la mayor euforia que haya sentido en toda mi vida.
Comencé a ver un color verde a mi alrededor y a sentir mi cuerpo liviano. Ante mis ojos pasaban montones de patrones sin sentido, nada de psicodelia clásica ni tipo mándala: era un caos visual puro.
A lo lejos escuchaba a mis amigos reírse y hablar, pero no les entendía absolutamente nada. Poco a poco sentía cómo mi cuerpo se estiraba y se moldeaba nuevamente hacia una forma que no sé explicar. Empecé a recuperar paulatinamente la consciencia. Para este punto, yo habría jurado que habían pasado como 2 horas. No lo sentí como una eternidad, pero sin duda sentí que transcurrió muchísimo tiempo. Para describirlo fácil, es como cuando duermes: sabes que pasó el tiempo, pero no sabes cuánto.
Cuando recuperé la cordura, mi amigo me estaba gritando que al próximo grito me iba a soltar un puñetazo. Yo me estaba riendo sin parar, me sentía mojado, completamente desorientado, y fue ahí cuando intenté calmarme. Tenía miedo, porque ya sabía que me esperaba un sermón de su parte.
De un momento a otro, empecé a desconfiar totalmente de ellos. Me paré y me fui al lado opuesto del patio; me acosté en el suelo esperando a que el viaje se me pasara del todo, porque sentía que esto apenas era el comienzo y que el mundo real a mi alrededor seguía siendo una ilusión.
Rato después me levanté y les pregunté, ya un poco más orientado, si podíamos ir a la tienda a comprar algo dulce porque no me sentía bien. Fuimos caminando, pero mientras iba hacia allá y miraba hacia abajo, veía el suelo «respirar» o moverse muy levemente. Cuando miraba hacia atrás, lo que yo sentía como un trayecto de 15 pasos en realidad eran apenas 4 o 5 pasos que había dado. Me empecé a desesperar por la distorsión del tiempo. Corrí hacia la tienda y sentí el camino infinitamente más largo de lo habitual. Al llegar, pedí la primera galleta dulce que me dieron.
De lo que pasó inmediatamente después no me acuerdo bien, pero al regresar a mi casa mis amigos me dijeron que jamás volverían a fumar nada conmigo, ni siquiera cannabis; que me fuera al demonio. Les intenté explicar todo lo que vi, pero parecían ignorarme por completo. Me sentía bastante confundido, porque yo esperaba convertirme en algún objeto inanimado por unos años (como le pasa a muchos con la salvia), pero fue totalmente lo opuesto a lo que aguardaba.
A día de hoy sigo bastante desconcertado. En momentos de tranquilidad me llegan pequeños «ataques» o momentos en los que me pongo extremadamente nervioso: esa paranoia de pensar que el viaje fue tan realista que existe una pequeña probabilidad de que esto que estoy viviendo ahora siga siendo parte de mi viaje.
Apenas he empezado a aceptar que la experiencia ya acabó. De hecho, recuerdo haberle dicho al amigo que me acompañó a la tienda: «En donde llegues a ser una identidad inventada por mi viaje, te lo juro que cuando despierte te voy a meter un putazo».
Esta es solo una pequeña parte de mi historia, pero me gustaría que ustedes me preguntaran personalmente. La experiencia fue tan desconcertante que ni siquiera yo sabría por dónde más empezar a rascarle.
Me gustaría saber qué dudas tienen sobre esta planta tan maravillosa y aterradora.
Respondo cualquier cosa (que no sea información personal). Los leo.