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Durante mi etapa en secundaria tenía un amigo árabe (no me pregunten qué fue de él, realmente lo desconozco). Él y yo solíamos reunirnos seguido en mi casa y, como compartíamos los mismos gustos, nos volvimos muy cercanos por un tiempo.
A veces, cuando se quedaba a dormir, pasábamos la noche viendo videos de terror o creepypastas. Sin embargo, había una historia en particular que nos tenía obsesionados: Slenderman. Nos fascinaba. Hacíamos dibujos de él, jugábamos todos los videojuegos relacionados, leíamos cada creepypasta disponible y moldeamos nuestra personalidad edgy en torno a la figura del hombre sin rostro.
Una noche, después de haber visto la serie Marble Hornets, se nos ocurrió una idea. Encontramos una vieja cámara (en realidad, un teléfono antiguo que mi mamá tenía guardado) y decidimos usarla para intentar capturar a Slenderman en video.
Detrás de mi privada había un terreno baldío lleno de árboles, seguido de una barda que tiempo después descubrí que solía ser el muro de una antigua casa de fiestas, ahora abandonada. Nos pareció el lugar perfecto.
Además de la cámara, llevábamos con nosotros pequeñas libretas donde garabateábamos símbolos y frases al estilo de las notas de Slenderman. Creíamos fervientemente que, si lo intentábamos lo suficiente, podríamos llegar a verlo. Pero mi amigo decidió llevar nuestra obsesión un paso más allá.
—Deberíamos hacer un ritual de sangre —dijo con un tono serio.
Él era el típico chico edgy, fanático del gore y de insultar a la gente sin razón, así que su propuesta no me sorprendió en absoluto. Yo, por otro lado, era el clásico chico gay de clóset con un solo amigo, pero con el mismo interés por lo paranormal. Así que solo respondí con un “a huevo”.
Nos dirigimos al baldío y mi amigo arrancó una espina de un maguey cercano. Con ella, hizo un pequeño corte en su palma y luego en la mía, apenas lo suficiente para que cayeran unas gotas de sangre sobre nuestra libreta. Después, susurró algunas palabras que no logré entender. No sabía si lo que hacía tenía algún significado real o si solo estaba inventando cosas para impresionar.
Terminamos el supuesto ritual y nos pusimos a jugar en el baldío. Corríamos entre los árboles, grabábamos con la cámara y fingíamos ver cosas entre las sombras. El lugar estaba cubierto de maleza y, a menudo, había animales muertos, probablemente envenenados por serpientes que habitaban la zona. Todo parecía normal… hasta que mi amigo se quedó completamente estático junto a un árbol.
Al principio no le di importancia y seguí grabando por unos minutos más, pero cuando noté que no se movía, me acerqué con sigilo, intentando asustarlo.
—¿Todo bien? —le pregunté.
Sin apartar la vista del mismo punto, respondió con voz tensa:
—¿No lo ves?
Mi vista era pésima sin mis gafas, y justo ese día no las llevaba conmigo. Entonces tuve una idea: usé la cámara para hacer zoom en la dirección en la que él miraba.
La barda abandonada se alzaba en la distancia, rodeada por los árboles. Al enfocar mejor, mi estómago se hundió.
Había una figura alta y oscura asomándose detrás de un tronco. Su silueta era completamente negra y su brazo se extendía en nuestra dirección… como si nos estuviera llamando.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Vámonos de aquí —susurré.
Mi amigo asintió y, sin pensarlo dos veces, echamos a correr. En ese momento, no pensamos en Slenderman, ni en lo paranormal. Solo teníamos una idea en la cabeza: y si era alguien que quería secuestrarnos. En nuestra colonia, los secuestros de niños no eran raros.
Cuando llegamos a mi casa y revisamos la grabación, la imagen estaba completamente arruinada. Solo se veía estática, intermitente con flashes morados, violetas, amarillos y grises.
Pero al llegar al momento clave…
Ahí estaba.
Una única imagen congelada mostraba a la figura junto al árbol.
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Después de ese día, las cosas no volvieron a ser las mismas.
Al principio intentamos convencernos de que solo había sido un efecto de la luz, un error de la cámara, o quizá un vagabundo merodeando por la zona. Pero en el fondo, algo no encajaba.
Esa misma noche, mientras intentaba dormir, no podía quitarme la imagen de la cabeza. La forma en la que el brazo de la figura se extendía, como si realmente nos hubiera visto, como si esperara que nos acercáramos.
A la mañana siguiente, mi amigo y yo evitamos hablar del tema. Nos limitamos a ver videos en su casa, como si nada hubiera pasado. Pero poco a poco, algo en él empezó a cambiar.
Se veía distraído, como si estuviera siempre en otro lugar. A veces, en medio de una conversación, se quedaba mirando fijamente hacia la nada, como si escuchara algo que yo no podía percibir.
—¿Sigues pensando en lo del baldío? —le pregunté una tarde.
Me miró como si apenas me reconociera y murmuró:
—Es que… lo sigo viendo.
Mi piel se erizó.
—¿Qué quieres decir?
Se quedó en silencio por un momento y luego sacudió la cabeza.
—Olvídalo.
Días después, dejó de contestar mis mensajes. Un mes después, se cambió de escuela.
Nunca volvimos a hablar.
Los meses siguientes fueron duros. Perder contacto con mi único amigo—y primer crush—me hundió en lo que ahora reconozco como cuadros depresivos. Hoy los manejo mejor, pero en ese entonces, fueron la razón de que hiciera lo que hice.
Mi obsesión por Slenderman no se detuvo, al contrario, creció. Ya no era suficiente leer creepypastas o ver videos. Necesitaba más. Me sumergí en foros de ocultismo, investigando formas de invocarlo, convencido de que si insistía lo suficiente, obtendría una respuesta.
Compré libros de "brujería", copié símbolos, diseñé rituales. Era lo suficientemente idiota como para no darme cuenta de que estaba abriendo puertas a cosas que no entendía.
El viejo cuaderno del ritual se convirtió en mi diario de anotaciones. En sus páginas garabateé sigilos, fórmulas, invocaciones. Quería establecer un contacto, un lazo, cualquier conexión con el hombre sin rostro.
Y funcionó. Pero no de la manera que esperaba.
Fue entonces cuando tuve la idea que lo arruinó todo.
Llené una mochila con mis cuadernos, hojas con sigilos, sales y aceites rituales. Si la figura había aparecido detrás de la barda, tal vez estaba atrapada ahí.
Así que decidí ir al salón de fiestas abandonado.
El camino me tomó unos 15 minutos. No fui de noche—para hacer esto aún más anticlimático, esperé a que el sol comenzara a ocultarse, pero no lo suficiente como para quedar en total oscuridad. Esta vez, sí llevaba mis gafas conmigo.
El salón estaba rodeado por una barda deteriorada, pero había un hueco cubierto de maleza seca por donde logré entrar.
Crucé al interior.
Lo primero que vi fue la cocina, completamente saqueada. No quedaban electrodomésticos, solo paredes llenas de grafitis. No les presté atención en ese momento. Mi propósito era otro.
Antes de comenzar cualquier ritual, decidí explorar un poco. Mala idea.
Apenas crucé la puerta de la cocina y entré en lo que solía ser la pista de baile, sentí que el ambiente cambiaba.
El piso estaba roto, lleno de escombros y, en el centro, un boquete enorme. Me asomé con cuidado y entendí lo que era: la cisterna del lugar, aún llena de agua estancada.
Pero no era el agua lo que me inquietó.
Era lo que flotaba en ella.
Miles de larvas y gusanos se retorcían en la superficie, produciendo un leve sonido de chapoteo. La imagen ya era repulsiva, pero cuando enfoqué la vista, sentí que el estómago se me revolvía.
Entre los gusanos y el agua pútrida, había cadáveres en descomposición.
Conté al menos tres gatos, hinchados y flotando boca arriba. Su pelaje se había desprendido casi por completo, formando una sombra en el agua, mientras sus extremidades y cabezas parecían hundirse en la putrefacción.
Junto a ellos, seis o siete aves negras sin cabeza—probablemente cuervos o gallinas. Sus alas destrozadas estaban esparcidas alrededor del pozo, junto con plumas pegajosas y trozos de carne podrida.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Salí corriendo.
Cuando volví a la cocina, mi cerebro aún procesaba lo que había visto, pero entonces noté los detalles que antes había ignorado.
El hueco por donde había entrado estaba justo en la boca de un grafiti colosal que cubría toda la pared.
Era la cara de un demonio tribal.
Su piel negra contrastaba con unos ojos redondos y enormes, colmillos cortos y curvados como los de un elefante, y mechones de cabello verde. Sus garras amarillentas parecían rasgar la pared. Su boca estaba abierta, y su lengua...
...su lengua era bífida.
Y justo donde debía estar su garganta, estaba la entrada por donde yo había pasado.
No pensé.
No razoné.
Solo corrí.
Esa noche, el malestar no desapareció. Algo estaba mal.
¿Qué carajos había pasado en ese lugar?
¿Mi amigo y yo realmente vimos a algo esa tarde, o solo fue una alucinación colectiva?
¿O acaso alguien nos estaba observando?
¿Nos querían ahí?
¿Nos querían en el pozo?
No lo sé. Y no pienso averiguarlo.
Al día siguiente, me deshice de todo: los libros, los cuadernos, los apuntes.
Si había algo real en todo esto, no quería ser parte de ello.
Gracias, pero no gracias.